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domingo, 21 de junio de 2026

1980s-1990s: La lucha libre mexicana

Para nuestra generación la lucha libre fue desde chamacos una experiencia inescapable , aunque de mi parte el primer contacto es escurridizo. Lo más seguro es que haya sido con una de esas viejas ‘películas del Santo’ (categoría oficial del género), en donde el luchador más popular entre la multitudes se convertía en superhéroe cazamonstruos. 

Villanos clásicos y derivados.

Los mismo le aplicaba llaves a las momias de Guanajuato que al hombre lobo. El catálogo de malhechores fantásticos era amplio. La verdad es que hasta los cinco años sí que daban miedo aquellas películas, especialmente por la mala calidad de los disfraces, que le daban un aspecto más grotesco a los ya de por sí monstruos. 

Aventuras en el museo de cera.

 
¡Éste a lo mejor ni disfrazado estaba!

Y los efectos... Bueno... Era cosa común hablar de los ‘hilitos’ que se notaban cuando drácula revoloteaba convertido en murciélago. 

¡Efectazo!

Por supuesto muchas figuras populares de la lucha pasaron por la pantalla: Huracán Ramírez, Blue Demon, Mil Máscaras, Tinieblas; aunque no hayan terminado de cautivarme.

¡Del pancrasio al cine!

Lo que sí fue parte de mis herramientas de trabajo de niño fueron aquellas figuritas clásicas de luchadores con las brazos extrañamente en una de las posiciones menos amenazantes de cualquier arte marcial. En este video hay un poco de historia, aunque más que entrevista parece interrogatorio. Seguramente tuve uno y otro de esos luchadores de plástico que me gustaba morder (parte de mi método de trabajo), y uno que otro ring que se rompía nomás porque me sentaba en ellos.


Máscaras, pocas. Aquellas que podíamos comprar en algún puesto de tianguis tenían costuras que se sentían como púas de alambre. Cuando entrabas al ring imaginario ya llegabas noqueado.  Durante el corto tiempo que fui fan, ese fue el atractivo principal para mí. De ellas, al menos en estampas, las que más me llamaban la atención eran la de El Rayo de Jalisco, y la de Pierrot. Pero mi favorita indiscutible era la de Tinieblas, un luchador que tiene reservada una futura mención en este blog.

Buena máscara.

Luego estaban claro las estampas de planillas y los álbumes de estampas. Esas planillas que comprabas en los puestos de chácharas de los que ya hablamos en este blog, y que al llenarse te garantizaban un premio en forma de juguete, o algo así. 

Yo creo que muchos de estos ni existían.

El único álbum que recuerdo se adquirió por iniciativa de alguno de mis hermanos, y como no podía ser de otra manera, había una estampa que me quitaba el sueño y que era la de El Espectro. Y es que ya de por sí la máscara estaba fea, pero además el dibujo era fatal y los dientes se veían más de ultratumba de lo que el nombre evocaba.

Encuentre a El Espectro bajo su propio riesgo.

También en aquellos tempranos 80 se escuchaba mucho la canción Los Luchadores, que como toda cumbia pegajosa, simplemente no pasa de moda.

Creo que a finales de los 80 e inicios de los 90, en plena fiebre Marvelita, quise darle chance a la lucha libre y, como ya he mencionado, habré comprado do o tres Sensacional de Lucha o me chutaba una que otra transmisión en el Canal 9, que ya había abdicado el puesto de canal cultural y transmitía contenidos más populares heredados de Canal 4


Y fue la ‘famosa’ pelea de Konnan contra no sé quién la que terminó desencantándome definitivamente, al grado de que llevó más 30 años de divorcio sin posibilidad de reconciliación. 

De los pocos que tenían físico a la gringa en los 90s.

A ver, cómo lo explico. Nada, que el desconocido aquel tumba a Konnan no sé cómo, y el tal Konnan queda inconsciente, y de pronto llegan los parámedicos a darle atención, le buscan el pulso, se ponen con torpeza el estetoscopio para escucharle el corazón,  sacan un desfibrilador, buscan sin éxito el encendido de la maquinita, la manosean, la frotan para preparar la descarga, no le dan ni un toquecito al Konnan... intentan su mejor cara de angustia...

Es que es recordarlo y ponerse de malas. ¡Cómo los dejan entrar al show sin ensayar sus partes! Y es que gracias a Lisa Simpson ya sabía que de eso se trataba, de hacer espectáculo para pasar el rato, ¡pero no hay que ser!

 

Yo la escena la recuerdo así. No hace falta decir quiénes serían los paramédicos.

Los culpo a ellos de ya no haber tenido ganas de siquiera darle chance a Octagón, que era un concepto de luchador más cercano a mi ideal: artemarcialista rápido con disfraz de ninja a la mexicana. 

Lo más cercano a los chinos artemarcialistas de las películas.

Pues eso, que no me atrae, aunque la cultura pop alrededor de la tradicional lucha libre mexicana sea de exportación. Quizá lo mío es disfrutar esta ficción a través de algo a más de mi edad. Como la caricatura Mucha Lucha!, de inicios de los 2000s, que además tiene un temazo de entrada. 

Aunque para entonces el trabajo en la uni no me dejaba mucho tiempo para la tele. Era rara la oportunidad que tenía de ver algún capítulo completo, pero yo creo que valía la pena. Si este blog correspondiera a esa década, me daría más tiempo para hablar de La Pulga, o de El Rey, con su fantásticas voces, pero eso ya le toca a los 'chavos' de la siguiente generación.

Un favorito.

Pero para quitarle el tono amargoso a esta entrada, hay que reconocer que los luchadores sí que se juegan la salud y hasta la vida por hacer de este espectáculo algo vistoso. Y no me desagrada la idea de que sigan siendo la cara de buenos proyectos, como el del video juego Guacamelee!, que está cotorrísimo. Nos leemos pronto.

domingo, 8 de febrero de 2026

1980s: El Post-punk

Radio WFM 96.9 a mediados de los 80 todavía era una estación que programaba música juvenil del momento, y supongo que la mayoría, si no es que toda, era en inglés.

Parece que, al igual que Radioactivo años más tarde, WFM tuvo un buen equipo creativo que producía publicidad muy efectiva para enganchar a los radioescuchas. Yo no recuerdo prácticamente nada, pues no era la estación con la que más conviví, pero sí que memoricé de por vida la identificación y el jingle ‘WFM Magia Digital’.

Por comentarios de mi hermano mayor me enteré de que el equipo creativo, que en esa etapa estuvo bajo el mando del locutor y hoy famoso director de cine Alejandro González Iñárritu, era el responsable además de unas cortinillas promocionales muy chulas para Canal 5 que seguramente el 80 o 90 por ciento (¡a qué notaron el juego de palabras!) de nuestra generación recuerda con gusto de aquellos 90s.


 

Pero WFM además fue mi contacto único y poco duradero con un género musical que nunca supe nombrar como tal y que perdí de vista por mucho tiempo: el post-punk.

Los candidatos para referirme a ese primer contacto, a tantas décadas ya de ese particular día entre el 87 y el 88, son She Sells Sanctuary (1985), de The Cult, o The Killing Moon (1984), de Echo & the Bunnymen.

Hay dos cosas que produjeron el gusto y la impronta, pero que sólo puedo explicar con balbuceos porque carezco del lenguaje técnico. Bueno, la guitarra principal era evidentemente eléctrica pero el sonido dejaba una reverberación, como de eco; transmitía un dinamismo muy agradable y a la vez creaba una atmósfera de enigma. A ver, ya dije que no doy una cuando se trata de describir música, pero si esto hace un mínimo sentido, me suena al tema de The Cult.

Por otro lado, The Killing Moon dibuja una atmósfera que asocio más con la década. Aunque el ritmo es más lento, el bajo tiene un sonido más de película de James Bond, lo que definitivamente lo hace consistente con esa atmósfera de misterio que ya me mencioné. 


 

Dejémoslo ahí. El caso es que desde que comencé a recordar ese primer efecto, me propuse buscar qué más ofreció el género en aquellos días. Entre lo más destacado siempre se menciona a la banda Joy Division, que sólo conocía por nombre. Su tema Transmission (1979) refuerza ese perfil musical, a veces lúgubre, del post-punk.

También en este género resalta la banda Siouxsie and the Banshees, a quien conocía por Kiss Them for Me (1991). Digan si Spellbound (1981) no sigue la plantilla al pie de la letra.

Por supuesto no podía faltar The Cure, de quienes ya conocía Killing an Arab (1978), que encaja perfectamente en mi interpretación, y Boys Don’t Cry (1979) que me remite al video que se transmitía por Canal 7 en la barra de videos musicales a inicios de los 90.


Y no se puede hablar de The Cure sin hablar de Caifanes, a quienes le deben sus primeros desfiguros en harapos e imagen. Será Por Eso (1988) está catalogada como una rola post-punk, pero me parece que Viento (1988) encaja mejor en mi versión idealizada del género.

 

Es justo decir que los temas que crearon la categoría “Post-Punk” en mis archivos eran eminentemente comerciales, pero si no es por esos temas aptos para las ondas de radio, quizá nunca exploraríamos otras sabores musicales. Cierro con uno de mis ejemplares preferidos de este difunto estilo: New Year’s Day (1983), de U2.


 


sábado, 10 de enero de 2026

1980s-1990s: Helados y paletas para el recuerdo

Por J. C. 

La serie de televisión Young Sheldon, precuela y spin-off de The Big Bang Theory y ambientada en los años ochenta y noventa, me trajo a la mente algunos helados y paletas de hielo que me gustaban en la infancia y que ya no se producen en la actualidad.

 

Mi recuerdo surgió cuando Sheldon compró una paleta similar al Subilín (Bombilín) de Holanda. Se trataba de un cono de cartón relleno de helado suave pero firme con una especie de émbolo en la base para empujar el helado hacia arriba y poder irlo comiendo.

 

 

En la versión de Holanda, había una bola de chicle al terminar el helado, lo que hacía al Subilín doblemente especial. También me acordé de los Raspatitos, igualmente de Holanda, que eran pequeños raspados triangulares de sabores como: limón, uva, grosella y mango. 

 

 

A pesar de su bajo costo, sabían realmente ricos. En décadas posteriores, se lograban conseguir, aunque sus sabores se iban limitando cada vez más hasta quedar únicamente los de limón y, finalmente, desaparecer.

 

No puedo dejar de mencionar las Muppaletas, una vez más de Holanda, las cuales surgieron cuando los Muppets Babies estaban de moda. Lo peculiar de estas paletas era que, además de ofrecer un sabor diferente por cada uno de los personajes principales de la serie animada, tenían dos palitos, lo que permitía compartirlas al trozarlas y obtener dos pequeñas paletas alargadas.


Por último, uno de los productos icónicos de Danesa 33, heladería popular en México en la década de los noventa, fueron los casquitos de futbol americano, en los que te servían tu bola de helado. No hace mucho tiempo, escuché a un narrador de beisbol decir: “un helado sabe más rico si lo comes en casquitos deportivos”, lo cual no puede ser más cierto que cuando eres niño.


Aún existen un par de paletas de hielo de las que disfrutaba en mi niñez: el Lápiz de Color de Nestlé y la Chemisse de Holanda. De la primera, las mejores partes eran el principio y el final, pues su sabor agridulce contrastaba con el del resto de la paleta. De la segunda, mi favorita era la de coco chocolate, que tristemente descontinuaron cuando todavía me la compraban mis papás; actualmente sólo hay de piña coco.




sábado, 20 de diciembre de 2025

1980s: Los Picapiedras

Los Picapiedras es uno de los más viejos recuerdos de mi relación con la TV en aquellos días de televisión ochentera. Esta caricatura no era una elección personal sino más de los hermanos preadolescentes, yo sólo me sumaba cuando regresaba agotado de la exploración de debajo de la cama o de las sillas donde colgaba alguna cobija que me escondiera. 

A veces medio dormido en una siesta, arriba o debajo de la cama, se me colaban las entrañables voces de Jorge Arvizu (Pedro Picapiedra), Julio Lucena (Pablo Marmol), Rita Rey (Vilma Traca) y Eugenia Avendaño (Betty Yendo). Años más adelante, con más atención, el humor chusco y físico tan efectivo de la animación comenzaron a llamarme cada vez más la atención.

 

Entre tantas escenas, me llega a la mente esta de Pedro cuando conoce al tío Fantasma,

 

ésta en que Pedro sube al metro (con tecnología de piedra),

cuando Pedro cree estar saliendo por la tele,

ésta de Pablo ayudando a Pedro a cargar un piano,

o ésta donde Pedro piensa que Vilma le es infiel.

Además del sin fin de escenas cómicas, estaban algunos parlamentos improvisados al estilo Jorge Arvizu, que para ello se pintaba sólo.

 

Otra de las cosas chuscas de la serie era la tecnología casera que utilizaban, aquí una lista de algunos de esos prodigios de la Edad de Piedra.


La caja registradora.

El reloj cucú.


La podadora.

 

El motor de lancha.

El peine.
 
El reloj despertador.

El encendedor.

La remachadora y la sierra.

Las pesas.

¿Los zapatos?

El abrelatas.

El plumero.

La presencia continua de Los Picapiedra en la cultura pop de los 80s iba desde los Piedrulces,

las figuritas con las que jugábamos a “tirar muñecos”, salidas a su ves de alguna colección gringa,

los Pepsi vasos,

los videos juegos, como el de The Flintstones, The Rescue of Dino and Hoppy, del cual me hice de una copia hace algunos años,


entre otros, 

y las distintas secuelas y películas que jamás valieron la pena, como Los Pequeños Picapiedra

o la película live action de 1994

que fue una puntada que no creo que haya salvado ni la publicidad con los B52s


Y qué tal esos comerciales muy… americanos, que se hicieron para los patrocinadores del show.

 

De acuerdo con algunos sitios, Los Picapiedras es la segunda serie animada más exitosa de todos los tiempos, sólo detrás de Los Simpsons, quizá por eso este pequeño homenaje…

Los Picapiedras son un proyecto de la productora Hanna-Barbera, que fue la encargada de cientos más que trataremos de cubrir en este espacio. Para cerrar esta entrada, un poco de música de parte de Pedro Estereofónico.