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martes, 30 de junio de 2026

1980s-1990s: El cine en las salas de cine

Si hoy los cines atraviesan por una crisis que los tienen al borde de la extinción, es en parte por la invasión de servicios de streamming como Netflix, HBO y otras decenas más. Pero no es menos cierto que la calidad de la mayoría de películas modernas no da ya para tomarse la molestia de hacer el gasto cada vez más ‘manchadito’ de entrada más palomitas y refresco.  

Aún así de pronto hay películas, como la reciente Michael (2026), que desempolvan el recuerdo de lo que era pasártela bien en el cine.


¿Y cómo era el cine en los 80 y 90?

En mi caso, el primero punto en la línea de tiempo se remonta al Cine Nezahualcóyotl , que casi estoy seguro de que estaba en avenida Texcoco. De niño ese cine me parecía imponente y pasaba muy a menudo frente a él, pues al parecer había un lote baldío que fungía como basurero y ahí llevábamos la nuestra cuando no pasaba el camión. ¡Uy, cuando existía espacio no construido en la periferia!

 

Recuerdo que los muros externos estaban tapizados de publicidad de ‘toquines’ de Polymarch y esas cosas. 

Al entrar a un cine ochentero comenzaba la experiencia sensorial. El olor a palomitas inundaba el vestíbulo y hacía salivar de inmediato. De vez en cuando los papás le daban gusto a mi antojo, y me compraban el típico sobre con pastillas de colores con forma redonda o de corazón. 

El olfato daba paso al tacto una vez que se entraba a las salas. La sensación de caminar sobre las gruesas alfombras era una novedad para mí; y luego la necesidad apoyarme en algún pasamanos para poder subir sin tropezar, ante la falta de luces, me hizo picarle el ojo a alguno que otro miembro del respetable. 

Interminables filas de asientos.

La vista se entretenía con los carteles que tapizaban el interior, con películas anteriormente exhibidas o por estrenarse, de las cuales las más que más me impactaban eran las del género favorito de la década: el terror con animales salvajes.

Me parece que no había asientos numerados, así que era cosa de encontrar algunos vacíos donde los hubiera, cosas que en aquellas salas de los 80, siendo tan enormes, no era difícil.

En el Cine Neza habré visto por lo menos dos o tres películas, Juegos Diabólicos ( Poltergeist , 1982) y alguna de los famosos hermanos Almada , se me ocurre Siete en la Mira (1984), pero pudo ser cualquier otra. Por el tipo de películas ya se ve que mis adultos asignados no tenían el mejor de los juicios .


La siguiente visita fue al Cine Latino (que no estaba en la Torre Latinoamericana , como yo creía). La película E. T. (1982) marca el año que conocí el fenómeno de la mercancía no oficial de venta a las afueras del cine. Aunque en realidad E.T. no era precisamente un personaje bonito de enseñar.

El cine,...

 
el cartel...

las figuras.

En la formación de mi gusto por pasar un buen rato en el cine, pasaron el Cine Lago en Neza, el Cine Naur en la Miguel Hidalgo y el Real Cinema en la Cuauhtémoc. Pero fue hasta mi primera visita al Palacio Chino que relacioné nombre con experiencia. Y es que muchos de aquellos cines extendían la magia a su identidad. 

El Cine Hawaii , en Avenida Pantitlán, incluía palmeras en sus decorados exteriores e interiores, y el Cine Lindavista , en la delegación Gustavo A. Madero, presumía unas torres estilo castillo Disney. El Opera , diseñado al estilo Art Decó, se ve más que elegante en las fotos de la época, y el Palacio Chino rebosaba de decoraciones alusivas a la cultura china. En este fantástico artículo se hace mención de varios cines de la Ciudad de México que parecían verdaderos palacios.

Quizá el tránsito a las dos cadenas principales de hoy haya comenzado con los Multicinemas o Cinemas Gemelos . Muchos cines ochenteros y noventeros tenían una sala única que exhibía diferentes películas en diferentes horarios. Las cadenas homologaron la imagen de los complejos, despojándolos de su identidad y originalidad visual, y redujeron la capacidad de las salas para ofrecer más películas simultáneamente.

Estos monopolios también desaparecieron la práctica de la permanencia voluntaria , que era quedarse en la misma sala a ver la siguiente película por el precio de un boleto. La primera vez que disfruté de esta oferta también fue la última, en la exhibición de Alien: La Resurrección ( Alien: Resurection , 1997) seguida de El Juez ( Judge Dredd , 1994). Ese cine se habrá convertido en algún otro negocio, al igual que el Cine Lago, en la misma avenida López Mateos.

Esto se lee en la lápida del difunto Cine Lago.

Otra práctica que desapareció (¿o me equivoco?) es la de la matiné, que consistía en reducir el costo de las entradas en las funciones de la mañana. 

Pero hay otras bajas que sufrió la cultura del cine en su transición al siglo XXI. Por ejemplo, los cortos publicitarios o trailers para televisión y para los videos Beta tenían narrador. Todavía hay fragmentos que recuerdo de Querida, encogí a los niños ( Honey, I Shrunk the Kids , 1989) y de Los Tres Fugitivos ( Three Fugitives , 1989). Lo triste es que aún no hay nada para dar fe de ello en la web .

 

Quizá lo más obvio desde un principio era mencionar que la cartelera de películas se podía consultar en los periódicos. 

A ver qué hay en el cine, este 3 de junio de 1987...

Pero lo que nadie parece recordar es una sección en Canal 5 que se transmitía a las 12:00 o 12:30 del día entre semana. Se llamaba Telecartelera Cinematográfica y me enteraba de ella cuando se daba la combinación de no asistir a la escuela y de que un adulto me dejara la tele encendida y sintonizada en ese canal. A veces ponían el trailer de las películas y después decían en qué cines se proyectaban; algo así como “Véala en Manacar, Latino y varios más”...

Seguramente hay más cosas que decir sobre la cultura de la salas de cine de hace 40 años. Tocará a los lectores de este blog ayudarnos a recordar.

domingo, 21 de junio de 2026

1980s-1990s: La lucha libre mexicana

Para nuestra generación la lucha libre fue desde chamacos una experiencia inescapable , aunque de mi parte el primer contacto es escurridizo. Lo más seguro es que haya sido con una de esas viejas ‘películas del Santo’ (categoría oficial del género), en donde el luchador más popular entre la multitudes se convertía en superhéroe cazamonstruos. 

Villanos clásicos y derivados.

Los mismo le aplicaba llaves a las momias de Guanajuato que al hombre lobo. El catálogo de malhechores fantásticos era amplio. La verdad es que hasta los cinco años sí que daban miedo aquellas películas, especialmente por la mala calidad de los disfraces, que le daban un aspecto más grotesco a los ya de por sí monstruos. 

Aventuras en el museo de cera.

 
¡Éste a lo mejor ni disfrazado estaba!

Y los efectos... Bueno... Era cosa común hablar de los ‘hilitos’ que se notaban cuando drácula revoloteaba convertido en murciélago. 

¡Efectazo!

Por supuesto muchas figuras populares de la lucha pasaron por la pantalla: Huracán Ramírez, Blue Demon, Mil Máscaras, Tinieblas; aunque no hayan terminado de cautivarme.

¡Del pancrasio al cine!

Lo que sí fue parte de mis herramientas de trabajo de niño fueron aquellas figuritas clásicas de luchadores con las brazos extrañamente en una de las posiciones menos amenazantes de cualquier arte marcial. En este video hay un poco de historia, aunque más que entrevista parece interrogatorio. Seguramente tuve uno y otro de esos luchadores de plástico que me gustaba morder (parte de mi método de trabajo), y uno que otro ring que se rompía nomás porque me sentaba en ellos.


Máscaras, pocas. Aquellas que podíamos comprar en algún puesto de tianguis tenían costuras que se sentían como púas de alambre. Cuando entrabas al ring imaginario ya llegabas noqueado.  Durante el corto tiempo que fui fan, ese fue el atractivo principal para mí. De ellas, al menos en estampas, las que más me llamaban la atención eran la de El Rayo de Jalisco, y la de Pierrot. Pero mi favorita indiscutible era la de Tinieblas, un luchador que tiene reservada una futura mención en este blog.

Buena máscara.

Luego estaban claro las estampas de planillas y los álbumes de estampas. Esas planillas que comprabas en los puestos de chácharas de los que ya hablamos en este blog, y que al llenarse te garantizaban un premio en forma de juguete, o algo así. 

Yo creo que muchos de estos ni existían.

El único álbum que recuerdo se adquirió por iniciativa de alguno de mis hermanos, y como no podía ser de otra manera, había una estampa que me quitaba el sueño y que era la de El Espectro. Y es que ya de por sí la máscara estaba fea, pero además el dibujo era fatal y los dientes se veían más de ultratumba de lo que el nombre evocaba.

Encuentre a El Espectro bajo su propio riesgo.

También en aquellos tempranos 80 se escuchaba mucho la canción Los Luchadores, que como toda cumbia pegajosa, simplemente no pasa de moda.

Creo que a finales de los 80 e inicios de los 90, en plena fiebre Marvelita, quise darle chance a la lucha libre y, como ya he mencionado, habré comprado do o tres Sensacional de Lucha o me chutaba una que otra transmisión en el Canal 9, que ya había abdicado el puesto de canal cultural y transmitía contenidos más populares heredados de Canal 4


Y fue la ‘famosa’ pelea de Konnan contra no sé quién la que terminó desencantándome definitivamente, al grado de que llevó más 30 años de divorcio sin posibilidad de reconciliación. 

De los pocos que tenían físico a la gringa en los 90s.

A ver, cómo lo explico. Nada, que el desconocido aquel tumba a Konnan no sé cómo, y el tal Konnan queda inconsciente, y de pronto llegan los parámedicos a darle atención, le buscan el pulso, se ponen con torpeza el estetoscopio para escucharle el corazón,  sacan un desfibrilador, buscan sin éxito el encendido de la maquinita, la manosean, la frotan para preparar la descarga, no le dan ni un toquecito al Konnan... intentan su mejor cara de angustia...

Es que es recordarlo y ponerse de malas. ¡Cómo los dejan entrar al show sin ensayar sus partes! Y es que gracias a Lisa Simpson ya sabía que de eso se trataba, de hacer espectáculo para pasar el rato, ¡pero no hay que ser!

 

Yo la escena la recuerdo así. No hace falta decir quiénes serían los paramédicos.

Los culpo a ellos de ya no haber tenido ganas de siquiera darle chance a Octagón, que era un concepto de luchador más cercano a mi ideal: artemarcialista rápido con disfraz de ninja a la mexicana. 

Lo más cercano a los chinos artemarcialistas de las películas.

Pues eso, que no me atrae, aunque la cultura pop alrededor de la tradicional lucha libre mexicana sea de exportación. Quizá lo mío es disfrutar esta ficción a través de algo a más de mi edad. Como la caricatura Mucha Lucha!, de inicios de los 2000s, que además tiene un temazo de entrada. 

Aunque para entonces el trabajo en la uni no me dejaba mucho tiempo para la tele. Era rara la oportunidad que tenía de ver algún capítulo completo, pero yo creo que valía la pena. Si este blog correspondiera a esa década, me daría más tiempo para hablar de La Pulga, o de El Rey, con su fantásticas voces, pero eso ya le toca a los 'chavos' de la siguiente generación.

Un favorito.

Pero para quitarle el tono amargoso a esta entrada, hay que reconocer que los luchadores sí que se juegan la salud y hasta la vida por hacer de este espectáculo algo vistoso. Y no me desagrada la idea de que sigan siendo la cara de buenos proyectos, como el del video juego Guacamelee!, que está cotorrísimo. Nos leemos pronto.