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domingo, 9 de octubre de 2022

1990s: Cultura y conocimiento por entregas en los puestos de revistas

Como todo lector de este blog sabe, en los 80s y 90s los puestos de periódicos o de revistas cumplían más que la función de entretener con revistas del corazón, sobre la farándula, o con gráficas horrorizantes de la nota roja. En esta entrada rescato ese fenómeno de la cultura por entregas que peleaba codo a codo con el entretenimiento.

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Y la historia inicia aquí. De visita en casa de algún colega de la primaria o de secundaria, a finales de los 80 o principios de los 90 (parece ser del 91), pude echarle un ojo a la colección más completa que hasta entonces conocía de esa elusiva mini enciclopedia Historia Universal, que se conseguía con la desaparecida revista Tele Guía

Y sí, hablo de aquellos días en que los libreros servían para ser decorados con los lomos de esos artefactos de papiro y pergamino. De la dicha enciclopedia me habré enterado tarde y todavía sin dinero propio que alcanzara para comprarla, aunque casi puedo asegurar que alguno de esos ‘tomos’ habrá caído en nuestras manos.

 

 

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Cuando hasta con el Tele Guía aprendías cosas útiles.

No mucho tiempo después, ya como comprador obsesivo de comics, y visitante asiduo de los puestos de revistas, me topé con la enciclopedia Dinosaurios (1993), (aunque más bien creo que la TV me condicionó a buscarla con mi dealer / voceador). 

No logro recordar si la fantástica Jurassic Park (también del 1993) ya se había estrenado para entonces, pero en realidad, los dinosaurios y los ninjas seguían siendo buenos ganchos para gastar como locos. Esta enciclopedia de un tomo se vendía por entregas semanales de fascículos, y tenía dos trucos publicitarios bajo la manga: una imagen central impresa en 3-D en cada fascículo y una pieza del esqueleto de un T-Rex fosforescente por entrega. ¡Vendido!

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En los 80s y 90s el la tecnología 3D era menos complicada.
 

La verdad es que al principio me entretuvo bastante y fue interesante leerla y coleccionarla hasta que me aburrió. Hoy en mi museo no existe ningún sobreviviente de esa aventura que quizá constara de 50 entregas. Aunque recuerdo haber tenido todos los huesos del T-Rex, me desencantó la calidad de las piezas posteriores que simulaban la piel, otra razón para dejar de comprar más fascículos.

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Bueno, se veía más impresionante en los 90s.
 
Después, en plena debacle académica, me dije: “¡RetroMan, tienes que hacer algo con tu vida!” Mis súplicas llegaron a San Agostini quien me oyó y se me reveló en forma de comercial de TV (otra vez): ahí estaba la solución; los cursos de idiomas Planeta Agostini. En fascículos, por supuesto. 

 

A ver, no es que me hayan ayudado mucho, pero por iniciativa no quedó. Habré comprado sólo dos de inglés, y uno de italiano. En las primeras dos entregas se incluía un diccionario bilingüe bastante decente y en cada una su correspondiente audio casete, (al parecer, en posteriores entregas también se incluía video). De esa batalla perdida sólo sobrevive un diccionario.

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¡Snif!
 
Luego me dediqué a la música, es decir, a intentar coleccionar una enciclopedia del rock (¿o era del Pop?) de mediados de los 90 (¿95?). De esta sí que no me acuerdo del nombre. Cada fascículo hablaba de la evolución del género, aunque esto sólo lo puedo suponer. Y es que de la información en cada entrega no recuerdo nada. Lo que no se me olvida es que la primera entrega incluía el casete Off the Wall (1979) del gran Michael Jackson, aunque no me pareció buen material (es mi opinión). 

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¡Uy, los casetes!

Otra entrega incluía un casete de éxitos de Elton John con el que terminé siendo fan de este artista también (ya pronto tendrá su entrada). Y luego, parece que recuerdo un casete de the Beatles, que sólo incluía sus pininos con Tony Sheridan, y naturalmente no me gustó. Como es lógico, tampoco de estos ejemplares queda nada. ¿Alguien los recuerda?

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La leyenda 'Con el disco o casete' me suena, pero... ¿sería esta?
 

Y para concluir, llegó mi faceta intelectual, la más temida por la familia porque nos hace insoportables. En realidad, con la TV embargada sólo quedaba leer, y ahí me entretuve con tres colecciones de libros que comencé a adquirir. Planeta-Agostini (en su tercera evolución de nombre) cedía el paso a RBA, y de ésta la primera colección que entró en mi radar fue Grandes Éxitos (1995, Best Sellers). Creo que sólo compré la primera entrega, que como aún se estila hasta hoy, se componía de dos libros: El color púrpura (Alice Walker) y Alguien voló sobre el nido del cuco (Ken Kesey).
 

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La pasta blanda y el diseño de portada no eran muy llamativos.

Luego llegó una colección aún más llamativa de RBA: Narrativa moderna, con libros en pasta dura y con camisa. De esta colección habré comprado cuatro de los primeros números, de los cuales conservo dos o tres: El nombre de la rosa (Umberto Eco), El amor en los tiempos del cólera (Gabriel García Márquez), El amante de la China del Norte (Marguerite Duras), y quizá también El perfume (Patrick Suskind).

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Esta colección prometía, pero no había lana.

Finalmente, Historia de la Literatura (de finales de los 90), de RBA también. Esta colección también era de pasta dura, aunque de calidad menos impresionante. De esta colección disfruté dos de mis libros favoritos: Don Quijote de la Mancha (Cervantes), y Los miserables (Victor Hugo). También habré adquirido algún libro de Shakespeare, autor que no termina de gustarme, y Fausto, de Goethe. 

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¡Un imperdible en la colección Historia de la Literatura!

Alguna de estas dos últimas colecciones incluía fascículos con información sobre los libros y una lista de todos los ejemplares de la colección. Leer cada libro de dicha lista se volvió en su momento un proyecto personal inconcluso hasta hoy.

En esta historia de romance con los puestos de revistas, hay algunos cabos sueltos, pero ya se me irán ajustando las neuronas lo suficiente para sacar del olvido otros artefactos destacados de aquellos 80s y 90s. Hoy, por fortuna, veo que los puestos de revistas aún siguen siendo buenos espacios para atraer a la gente a la cultura, aún en la era de lo digital. ¡Enhorabuena!

domingo, 28 de agosto de 2022

1980s-1990s: La cultura del video club

 

En casa entramos tarde en la cultura de la renta de películas. Fue a finales de los 80, cuando, a cuenta del ‘apogeo’ económico entramos al selecto grupo de los micro empresarios y a nuestro negocio de cremería y abarrotes ‘La Rosita’, mi padre le sumó un par de negocios más: una mueblería adjunta con un mini video club en su interior.

Durante ese tiempo de bonanza, del video club se trajeron una video casetera, muy probablemente una SONY (que estaba a la cabeza de la tecnología) y de vez en cuando regresaban del trabajo con alguna de las películas disponibles, la mayoría de las cuales eran de bajo presupuesto (cine B) y de una distribuidora menor (Video Bruguera).

Después nos suscribimos a un par de video clubes locales (Video Lasser, uno de ellos)  donde tenías que rezar para que todavía hubiera una copia de la película más reciente, pues las copias eran muy limitadas.

Durante las veces que me encargaban salir a rentar películas, mi criterio era normado por el arte de la caja o por la productora de la película. Las favorecidas eran las de Touchstone Pictures, Paramount, Columbia (¡antes de que se las chupara a todas Disney!). Y claro, era traer de aventura, fantasía o comedia, y sobre todo gringas.

Este logo casi siempre era garantía de buenas pelis.

Y el arte de las carátulas ayudaba lo suyo.
 

La dinámica era echarle un ojo a las cajas de las películas en las vitrinas y tomar la ficha correspondiente, luego llevarla al mostrador y que te las pusieran en sus estuches de plástico con la nota correspondiente indicando el nombre de cada una y el día de devolución.

Si cometías el crimen de retrasarte en la devolución, multa. Si no rebobinabas la cinta antes de regresarla, multa.


Y eso de rebobinar le daba en la torre a la videocasetera. Para eso te tenías que conseguir una máquina aparte.
 
Rebobinadoras como esta hacían que valiera la pena el gasto.

 
Aunque las había manuales también.

Poco después dimos un salto de calidad al suscribirnos a un Video Centro, y ahí entramos al primer mundo (¡tal y como se veía en los comerciales!). 
 

Aquí también había que devolver las pelis a tiempo, pero creo que no daban tanta lata con lo de la rebobinación.

En Video Centro duramos poco tiempo, porque además quedaba a media hora en transporte público, pero alcancé a alucinar con una promoción en la que con cada renta te perforaban una tarjeta, y con 50 rentas… no sé, nunca la llenamos.

¡Uf, que recuerdos!

Todavía llegué a conocer por fuera la competencia del Video Centro. Algún vagabundeo me llevo a las puertas bien escondidas de un Video Visa, o Video Visión, no sé, pero también se anunciaba por la TV.


Parece que en Video Centro ya se podían rentar videojuegos, pero para entonces todavía no me iniciaba en el vicio. Hasta que llegaron los 90, y a mediados de la década, el Screech me llevó a un negocio algo oculto donde rentaban CDs y videojuegos. Gracias a ese último espacio nos grabábamos nuestras mezclas de música en cassette y de vez en cuando nos rentábamos un juego, aunque jamás volví a escuchar de un sitio similar.

¡El monstruo Blockbuster!

A finales de los 90 el monopolio de la renta se la llevó Blockbuster, que como sabemos también ya fue kaput. En realidad los mejores recuerdos de la época de la renta de películas fue en mis videoclubes locales y dentro de esos recuerdos destacaba el gusto de cumplir con la encomienda de rentar la película adecuada para pasar un rato familiar agradable.

domingo, 7 de agosto de 2022

1993-1999: La Niñera

por Seika


En la época en que una estaba en la preparatoria (...en loch noventach) y le hacía al zapping en la televisión, por casualidad encontré un programa curioso. Había una protagonista atractiva, que siempre andaba con minifalda, con mucho maquillaje, tacones (no sé cómo no se caía), cabello muy esponjado… pero no era ni perfecta ni triunfadora, ni precisamente la heroína de la historia, a pesar de que la serie era justamente sobre ella, su vida y sus aventuras. Creo que se transmitía por TV Azteca en México.


La Niñera
fue una serie noventera protagonizada por Fran Drescher, y desde el primer momento que vi ese fragmento de episodio, me llamó mucho la atención, en particular por el doblaje (la voz de Mónica Manjarrez fue un gran acierto en el doblaje de la serie), y porque sinceramente las situaciones eran bastante divertidas.

Hace poco volví a ver la serie en su idioma original, y aunque ahora me quedan más claros algunos chistes, creo que la versión en español de México era maravillosamente lograda y logró transmitir mucho del humor original, y como ya dije, el doblaje ayudó en gran medida al éxito de la serie.  

En este punto de la publicación, algunos se preguntarán: ¿Y a mí qué me importa?, y tendrían razón, pero al mismo tiempo, creo que hay muchas cosas rescatables de la serie, que se sigue transmitiendo en algunos servicios de streaming como HBO en México. Aquí algunos puntos que me parecen muy interesantes de la serie.

No es precisamente La Cenicienta

Aunque la historia es la clásica de la chica (relativamente) pobre que conoce a un hombre (moderadamente) rico, el hecho de que el personaje de Fran está muy lejos de la perfección de una protagonista de telenovela hacía que muchos nos pudiéramos identificar con ella y la viéramos un poco más como ser humano y menos como personaje unidimensional.

 


Aunque Fran era en esencia “la buena” de la historia, en muchos capítulos mostraba lo que cualquier persona haría en diferentes circunstancias: Celos de su propia hermana (no quería que le bajara al guapo productor, a pesar de que no estaba en una relación con él), una obsesión con una artista famosa (no le toquen a la Streisand porque habrá problemas), interés excesivo en la ropa y el maquillaje (por su misma admisión, gasta mucho más de lo que gana sólo en moda), mentiras en diferentes ocasiones (pero casi siempre era para evitar que alguien más saliera lastimado), salida constante del código postal (muchos de los chistes aludían a la falta de clase de Fran y al hecho de que viniera de Queens, un barrio de Nueva York, que para no hacerles el cuento largo, es como la zona naca de esa ciudad). 


Personalmente, a mí me parecía interesante ver que Fran no fuera un personaje “demasiado” inteligente o sofisticado; no era un personaje sin defectos, pero tampoco era una mala persona, y eso para mí era un mensaje muy positivo. No hace falta ser el más culto o el que más lana tiene para ganarse el respeto y el amor de los demás.

Ningún personaje pierde importancia en la historia

Aunque la serie trata principalmente de la vida de Fran como niñera de los hijos del productor de Broadway Maxwell Sheffield (viudo, interpretado por Charles Shaughnessy) y el eventual romance que surge entre ellos, los niños permanecieron como parte importante de la historia durante las seis temporadas del show. La hija mayor, Maggie (Nicholle Tom), pasó de ser una adolescente introvertida y tímida a una joven mujer estable y con confianza en sí misma. El segundo hijo, Brighton (Benjamin Salisbury) era un chamaco tipo Bart Simpson, pero no tan extremo, que a veces causaba problemas o desafiaba a la autoridad, pero siempre había consecuencias cuando tomaba alguna mala decisión, pues después de todo, iba aprendiendo como todo adolescente, cometiendo errores y enmendándolos. La hija menor, Grace (Madeline Zima), era de los personajes más interesantes para mí. Debido a la pérdida de su mamá, estuvo en terapia, pero también era un poco más madura que sus hermanos, sin rayar en la exageración del niño genio. Los tres eran muy buenos actores y tuvieron momentos en que brillaron en varios capítulos, lo que habla de un equilibrio entre la protagonista y su interés romántico y la razón por la que es parte de la familia Sheffield.


Por otro lado, creo que todos los que hemos visto la serie nos quitamos el sombrero ante Niles (Daniel Davis), el sarcástico mayordomo de los Sheffield. Desde mi punto de vista, si se hiciera un spin-off de él solito, lo vería. Niles era un personaje sensato, serio, pero al mismo tiempo era capaz de soltar unas perlas de sabiduría e insultos por igual, en especial cuando interactuaba con la socia de Maxwell, C. C. Babcock (interpretada por Lauren Lane; por cierto, en México cambiaron su apellido a “Babock”). 

La señorita Babcock era también un personaje muy divertido por derecho propio. Estaba obsesionada con Maxwell, y como buitre esperaba la oportunidad de convertirse en su segunda esposa, a pesar de que no recuerda cuántos hijos tiene ni sus nombres (esto lo explota Niles cada que puede, con efectos muy divertidos). 

A mí me pareció sorprendente y muy entretenido que Niles y la Babcock terminaran enamorados, pues su relación era como la de niños de kínder: Si te gusta, la empujas o le tiras del cabello, para que sepa que estás interesado en ella. Así más o menos, pues los dos se demostraban un odio constante en varios capítulos que terminó convirtiéndose en interés romántico y en boda al final de la serie (por cierto, el nombre de C.C. sólo se revela en el último capítulo, síganme para más información).


Finalmente, no podían faltar los parientes de Fran. Sylvia Fine (Renée Taylor), la mamá de Fran, era un personaje encajoso, encimoso, metiche… vamos, lo que es el cliché de una mamá / suegra, pero siempre tenía buenas intenciones (para su propia familia, sí pero eran nobles intenciones). La abuela Yetta (Ann Guilbert) era también muy divertida. Como se le iba la onda por cualquier cosa, menos cuando le convenía, y tenía éxito con los hombres cuando la Babcock fracasaba constantemente, era un personaje que hacía reír mucho. Tampoco podemos dejar de mencionar a Val, la mejor amiga de Fran. Aunque no es brillante y hasta las cosas más elementales le cuestan trabajo, es buena persona y está al lado de Fran pase lo que pase. Esas sí son amigas, la verdad. 

La Fran y su multiverso bien fashion

En los años que la serie se transmitió, hubo otros intentos para explotar más al personaje principal, pero debo decir que no todos tuvieron éxito. Por ejemplo, Fran hizo la película La Niñera y el Presidente (The Beautician and the Beast, 1997), pero no se relacionaba con la niñera en sí, sino con Fran como vendedora de cosméticos (lo que hacía antes de llegar a casa de los Sheffield) a la que confunden con una profesora de ciencias. En la película apareció con Timothy Dalton, pero no tuvo mucho jale, a decir verdad. Sí, la fui a ver, y sinceramente no fue muy buena. 


Por otro lado, en la temporada 2, hubo un intento de lanzar un spin-off desde un salón de belleza dentro de la historia de La Niñera. El episodio se llamó La Cabellera (The Chatterbox, que así se llamaba el salón), y la historia era que Fran le conseguía trabajo ahí a una aspirante a actriz. Casi todo el episodio se desarrolla en el salón de belleza, con la intención de presentar a los personajes de lo que se esperaba fuera una serie nueva y sus características, pero tampoco funcionó mucho. 

Un detalle relevante también es el hecho de que Fran Drescher apareció en la película Fiebre de Sábado por la Noche (Saturday Night Fever, 1977), en un papel muy pequeño, pero no pierde la oportunidad de mencionarlo en el episodio 5  de la temporada 4, Frieda Necesita un Hombre (1996); sin embargo, a quien se lo dice es al mismísimo Donald O’Connor, nada más una leyenda del cine de Estados Unidos, cuyo talento para el baile lo hizo famoso (tanto como a Fred Astaire o Gene Kelly, nada más), o sea que Fran le estaba hablando de flechas a Robin Hood, pues.

Algo que creo que tuvo más impacto fue el episodio La Historia de Bobbi Fleckman (temporada 5, 1997), en el que Fran retoma al personaje Bobbi Fleckman, una mánager musical que aparece en el “documental” This is Spinal Tap (1984) (¿Recuerdan a los Spinal Tap, o mejor dicho a  Los Medula?). Este episodio de 1997 en particular es para mí de los más divertidos, si no el más divertido, pues ver a Fran hacer los dos personajes es muy, pero muy entretenido, el doblaje es magnífico, y la situación en general fue de risa loca constante. 

 


Por lo anterior y más, la recomiendo mucho

Junto con El Príncipe del Rap (The Fresh Prince of Bel-Air), La Niñera fue uno de los shows que más recuerdo de mi adolescencia (han pasado 84 años….), y es una de esas series que uno se queda con ganas de volver a ver. Las actuaciones me parecían muy buenas, las situaciones muy interesantes y divertidas, el doblaje mexicano le daba un color muy adecuado y gracioso, y la combinación de colores que Fran usaba en su ropa, siempre tan brillante y llamativa, era visualmente impactante. Tener a la mano los servicios de streaming y otras fuentes para ver estos programas es una gran ventaja para vivir esa nostalgia cuando uno quiera, donde uno quiera.

domingo, 10 de julio de 2022

1980s: El libro sentimental y otras historietas para adultos

Ningún superviviente de los ochenta puede olvidarse de esas publicaciones semanales que tapizaban los puestos de periódico y que inevitablemente aparecían en algún rincón de nuestras madrigueras. Aunque en casa no eran compradores compulsivos de estas obras, sí que me tocó entretenerme con algunos de los exponentes más populares de esta cultura de la novela gráfica, aunque sólo me distrajeran los garabatos.

Para las damas: los culebrones románticos

Estos eran claramente contribución de mi hermana adolescente. El Libro Sentimental, El Libro Semanal y Lágrimas y Risas eran los principales representantes del género. El Libro Sentimental y El Libro Semanal eran los típicos libros de bolsillo, con formato compacto. 

Algunos diseños de portada explotaban...
 
intencionalmente la imagen de los artistas de moda.

Lágrimas y Risas tenía el formato más común de las revistas, más largo y con más viñetas por página. Esos sí, todas estaban plasmadas en sepia. Y parece que a más páginas menos calidad, pues Lagrimas y Risas, por lo que se ve aquí, tenía mayor calidad gráfica.



Culebrones en sepia

De las historias, no puedo decir mucho. Recuerdo más a lo que sabían esas páginas porque claro, no me faltó la curiosidad de saborear ese papel que olía tan distintivamente (¡ejem!).


Pero basta echarle un ojo a esos títulos para relacionarlos con sus contrapartes televisadas.


Sepia y más sepia, ¡qué recuerdos!

Y para el caballero: policías contra ladrones y vaqueros contra indios
 

Para los caballeros había (¿hay?) otro tanto. Mi padre era el encargado de traer esos libritos a casa, pero de igual manera no me atraían, sobre todo si no había un tema más fantástico o de ciencia ficción en ellos.

El libro policiaco publicaba historias de crímenes en la ciudad que muy probablemente se basaban en los reportajes de los tabloides. Qué más se puede decir sin haberlos leído.

Es toda una odisea encontrar imágenes de este comic.

Lo mismo puedo decir de El libro vaquero, que todavía me llamaba menos la atención pues el tema de los vaqueros estaba pasando ya de moda en los 80. Eso sí, no faltaban las inevitables representaciones claramente racistas de la época: indio malo, india buena.

Bueno, había sus excepciones.

El pancracio llegó también a las historietas

Se mira claramente el público al que iba (va) dirigido, al igual que las dos series anteriores, con la combinación pistolas y curvas femeninas. De esto último sobraba aún más en esta serie que parece que sigue vigente, junto con otras que comparten nombre: el Sensacional de luchas. Uno de estos libritos habrá caído en mis manos en el 87 con el título llamado La curvilinda

pero intencionalmente habré comprado un par ya cerca de los 90 tratando de encontrar algo que cubriera la idea de un superhéroe nacional. Quien haya leído estos comics sabrá que no son precisamente historias enfocadas en heroísmo.

Casi no hay portada sin chica sepsi...

Quizá la imagen del luchador como héroe sólo se habría logrado con los dos luchadores mexicanos más famosos populares: El Santo y Blue Demon, quienes tenían también sus propias revistas que a lo más que habré llegado es a hojearlas.

Tal vez habré hojeado una de estas en alguna peluquería.

Aunque no podría faltar El Santo en el Sensacional de luchas.

¡Cómo eran malos esos apaches!

En un tono más literario

En esa búsqueda activa de comics, en los tempranos noventa, la dependienta del puesto de revistas me recomendó Joyas de la literatura. Ya estaba familiarizado con este nombre pues aparecía en la publicidad de El Hombre-Araña, pero al final sólo recuerdo haber comprado uno, que fue la historia de Robin Hood

Un digno proyecto.

Y para los amantes del Alarma!

Para finalizar, una historieta que me produjo unas cuantas pesadillas: Desastre. En aquel entonces no lo sabía, pero hoy veo que este condenado libro explotaba las tragedias que ocurrían en el mundo y sus representaciones en viñetas eran inhumanamente gráficas. Así que para quien tuviera estómago para esto, encontrará tragedias como incendios, avionazos, terremotos; en esta revista no le hacían el feo a nada. El numero en cuestión que me provocó algo de insomnio fue de un avionazo, así que quizá haya sido este, de 1987: 
 
Por andar de curioso, termine con TEPT.
 
¡Qué rayos!
 
Y aquí acaba el recuento de esta experiencia principalmente ochentera. Los temas de estas revistas se fueron recargando todavía más a lo ‘picante’, aunque el arte de las portadas en general fue mejorando mucho. En algún punto me pareció que se convirtieron en las sucesoras del cine de ficheras y del cine de picardía ‘mexicana’ y albur de barrio, temas comunes en el cotorreo de la secundaria ochentera pero ya no tanto en el bachillerato noventero.